domingo 6 de diciembre de 2009
Catarsis
Bajo la luna estrellada, la mar roja que cubre los cielos y el reflejo en la cuchara. El hombre piensa. Y repite el proceso de manera mecánica, la luna, la mar, el reflejo, el pensamiento, y los dedos insistentes sobre el cuerpo. Y pende colgado de un hilo, ve a la ciudad inflamada y ecuestre con sus luces en el horizonte, se sobresalta porque lo ataca la máquina, ve en ella el movimiento de las ruedas que aplastan, no quiere quedar sometido entre sus dientes, pero si no mira atrás no puede saber dónde va. Un error de construcción, una falla fatal, el tráspies provocado por la inutilidad de los lazos, las manos temblorosas que nunca lo aprendieron. Nació con los zapatos en los pies, salió caitudo del vientre. Y sólo un remedo de ser lo ha podido sacar de su carril. El remedo de ser tomó su figura de entre las páginas, y se irguió de manera frágil ante el viento, tomó la forma de la repulsión. La felicidad verdadera se comparte, pero no es hasta que se la ha conseguido que se la puede dar. Porque si no toma el fantasma de la mujer, y lo saca de sus cabales. Y desnuda al niño, lo pueril, el seno materno negado al ser con el falo. La negación. Y no mirar atrás, nunca mirar atrás, plantarse bien la cabeza sobre los hombres, y mirar el cuello deshilvanarse, los giros rápidos e inequívocos que llaman a la vista. Que penden del hilo ajeno, que mueren al cerrar la tapa y que sólo muestran ojos enfrascados, frascos enroscados, el resplandeciente verde del formaldehído y el ojo que gira incesante, porque no puede ver hacia dentro, porque la cuarta dimensión desaparece dentro de sí, cuando la mente explota y el universo se dobla. Es demasiado, y el polvo que levantan los demás ha de bastar.
martes 10 de noviembre de 2009
Reflejo invertido
La puerta se abrió lentamente, de entre la rendija apareció un vaso, suspendido a medio aire e invitándome a tomarlo. Su vidrio azulado no poseía ninguna calidad que apelara a mis sentidos. Regresé a ver la luvia cayendo a través de la ventana. El vaso cayó con un estruendo sobre el piso y en cada pedazo de vidrio extendido sobre la pulcra superficie podía ver mi reflejo. Una mujer solitaria, las piernas cruzadas sobre un sofá al lado de la ventana. El resto del cuarto se desdibujaba en mi memoria. Afuera cada gota que terminaba su vida contra mi ventana era un elíxir de neurotoxinas. Un morado perla que carcomía las entrañas de la ballena. Y el oleaje con las torres de agua que se elevaban al cielo. Un grito suspendido en el líquido amniótico y el presentimiento que eriza mi piel. El distinto tronar de los huesos del gato que se asoma a mi ventana. Su paso desangrante con el cual se derrite la piel, el hueso, el alma.
Aquella mañana me había referido a libros de causas perdidas pero no hallé ni la foto ni el espejo que buscaba . Estaba sola entre los renglones y cada nuevo milímetro de hoja me aplastaba un poco más. La fuerza sobrehumana que hacía de mis brazos los pilares de tu vida y que lentamente se hundieron en el ácido para sacarte de una miseria. Una cuna en el rincón del cuarto que no se mece en el viento, el que sopla mis lágrimas y levanta el pelo. Pero, nunca sabía lo que esperar de la ventana, ni la puerta, ni el vidrio, ni de mí, sólo buscaba en la blancura el consuelo de haberme escapado. Saber que no recuerdo nada porque nunca hubo nada que recordar.
jueves 15 de octubre de 2009
Ojos
Los parpados se cernían levemente sobre la mirada, con paciencia el horizonte se deformaba en sus colores, los rojos del cielo, el verde de la planicie, y el arado multicolor que el campesino lleva a cuestas. Y llega el punto en el cual ya no conozco el pasado, y la montaña abraza los espacios con sus garras aterradoras, el horizonte se cierne sobre mí como si fuesen mis párpados. El astro ilumina el sendero y entre sus criaturas me siento levantado por los aires, las palabras atascadas en mi garganta sin poder salir. Y esta vez ya no soy yo, es el hombre de la barba, pequeño y colorado que jala tras de sí las evidencias de mi no existencia. Tal vez si soy yo, el hombre, simplemente ya no lo recuerdo, pero los haces de luz que despiden mis ojos son de una belleza inimaginable.
La conjunción de ideas ya no existe, sólo queda una oscuridad, el vacío y de entre mis párpados entrecerrados las luces del amanecer.
sábado 10 de octubre de 2009
Molde de manos
Entre sus dedos tomó la masilla, ésta se retorcía sin cesar, buscando cómo escapar de su carcelero. La colocaba en la palma de su mano y ésta se arrastraba hasta el borde buscando cómo lanzarse al infinito. Más abajo otra mano le esperaba, y cada nuevo desliz por la superficie acababa en el golpe seco contra la siguiente mano, lentamente se fue cansando, jadeando, dejando atrás pedacitos de sí. Empezó a descansar, con la luz fulgurante encima de él. Se había rendido y los dedos empezaron a tomarlo, reuniendolo en su antiguo ser. Aún entre las uñas de su captor quedaban pedacitos de él, rasgado y hendido. Atrofiado.
Y lo moldearon, como quién tomó la costilla e hicieron algo diferente de él; y el molde, no existía, era libre, pero eran labios, que el captor usaba para suplir los suyos. O tal vez, no suplían, sólo se apretaban contra otros, simulando una realidad lejana, y cuando se apartaban llenos de la saliva, ya no temblaban, creían estar dormidos.
Y al final la masilla estaba viciada, distinta a quién creía ser, formado en esculturas abstractas y con pequeñas hendiduras formadas por herramientas. La masilla se miró al espejo, y no supo quién la miraba de vuelta.
domingo 20 de septiembre de 2009
Viejito Astuto
Se sentaba en el barandal como cuando tenía cinco años, los pies colgando un metro por encima del suelo. Se había encogido con el pasar del tiempo, eso o el mundo a su alrededor se había hecho grande, aún no lo decidía. El barandal era su residencia algunos días, la mayor parte del tiempo la pasaba dormitando en el armario, acurrucado entre periódicos viejos y el incienso privado de olor. Siempre que lograba asomar su cabeza arrugada y deforme a través de su puerta, profería graznidos y sonrisas de placer al ver a los niños jugar en su jardín. Los números circulaban constantemente en su cabeza y cada tanto pedía una galleta salada. Hoy estaba en el barandal, se dejó ir de espaldas dando un golpe hueco cuando impactó con el suelo. Pequeñas risas lo acompañaban, había sido un viaje divertido. Se incorporó sobre una pierna y saltando de una baldoza en su jardín a otra lo recorrió en su totalidad, saltaba sobre una pierna, era su rayuela. Lentamente tras de él se formo una fila de pequeños niños alabándolo en el arte de la imitación. Finalmente llegaron al columpio, se montó sobre uno y encerrando su cabeza bajo uno de sus brazos empezó a dormitar; los niños se sentían decepcionados, al parecer el juego había terminado. Se fueron corriendo a buscar un nuevo juguete, casi todos excepto uno. Éste pequeño se sentó frente al anciano que aún dormitaba en el columpio. Repentinamente apareció un ojo por encima del brazo, que lo observaba fijamente, el niño sonrió y la cabeza se descobijó. Nuevamente remontó la superficie la cabeza del anciano, durante unos minutos se observaron fijamente en una sonrisa de complicidad, hasta que el anciano tomó al niño en sus brazos y envolviéndose en una llamarada dejaron atrás sólo cenizas.
sábado 19 de septiembre de 2009
Persefoné
Cada noche el amo lo ensillaba. Las esterlinas ataduras y el sol que arrastraba. A través de los maizales el asno Persefoné avanzaba casco tras casco. El lamento de su fortuna era un relincho y en el lienzo negro del universo relucía, se quemaba, estallaba. Dejaba atrás mares y montañas, luces oscuras en una alegre tonada. Cuando al fin todo acababa era tiempo de dormir; pan, agua y paja para el mártir. A dormir.
Cada mañana el asno lo ensillaba.
Botella vacía
Para ti.
sábado 12 de septiembre de 2009
Aullido
La suma de todos sus miedos era igual a una calabaza. Habían salido caminando en sus manos, los paralelismos que provocaban sus irresponsables actos acrobáticos lograba que sus extremidades se elongaran, pero todo seguía funcionando como relojería. Por las noches todo era in the blu of the nait, las gargantas que transpiraban melodías febriles de campesinos y los bosques que se llenaban de gigantes adormecidos. El murciélago revoloteaba en la canasta de frutas, mientras éstas jalaban las cobijas por encima de sus cabezas entre descargas de emoción femenina. Cuando dormía, la mano aparecía sin falanges apartando el pelo de su cara. Y entre los albores la marcha resumía su paso, altos y bajos, gordos y flacos, oblongos y refractantes, todos al son de algún pájaro itinerante. Pronto llegaron al lugar donde el cielo se confundía con la tierra, donde las vastas extensiones de azul obnubilan el sentimiento. La arena bajo sus manos, fugándose entre los hoyuelos. Con una fogata que calentara sus pies, y los aullidos a la luna escondida, ven mi amor le lloran. Y de los leños partidos toman la sabia que derrama, se la untan en sus cuerpos y corren en círculos ondulando todo el cuerpo, frenesí grotesco de animal común. Lentamente sus cuerpos se tornan rojos, con los poros engrandecidos y las dentaduras quebradas. A la mañana siguiente son sólo chispas en un fuego y moscas que ascienden a los cielos.
viernes 4 de septiembre de 2009
Rumores de Sol
Los dedos que toman entre sí mis pies y los cabellos que se ofrecen a lavar mis impurezas. Está el sueño, donde el metal se afila contra la piedra, lentamente su rumor, y el gato que acecha en la maleza mientras bajo el árbol estoy yo. Las hojas de un color ocre profundo y la sangre que late incesante hasta estancarse alrededor de mis pómulos. El roce de la pluma que derrama su tinta sobre mi cara mientras intento evadir la luz tras el velo del leve plástico que lo presencia todo una y otra vez. El salto innegable hacia el infinito que sólo me alza un par de centímetros para luego retornarme bruscamente. Y los intentos, unos tras otros, hasta que mis rodillas se doblegan y crujen y lentamente se desdoblan como hojas de papel. La inmutable suerte de perder pedazos de mi cuerpo en el viento para unirme desdeñosamente con la fría ternura de una tierra moribunda. El miedo a lo conocido, al eventual deceso de la mente y la dependencia del ser, el paso acompañado y el temblor en las manos. La suerte no está echada, tal vez con el insistente impulso de mis piernas logre perderme en el vacío antes que mis miedos le ganen a la muerte.
martes 18 de agosto de 2009
Sin título
Y a veces el dolor se escurre entre mis dedos, incluso cuanto más me aferro a él. Y él sólo se desplaza como las nubes, buscando saciar su sed. Nunca ha querido ser inquilino de alguien que lo invite. Prefiere sentarse fuera de las ventanas líquidas y sentirse vivir. Se aburre con facilidad, sale corriendo por los escondrijos en las calles, y cada tanto goteando por las canaletas de los techos tiene repentina inspiración. Se lanza al vacío, le llueve a alguien en la cabeza, una simple gota que altera el estado consciente del ser que hasta ese momento no vive. Cada tanto toma forma de rabia y pesa como el plomo en cada nudillo, se le oye resquebrajarse internamente, hasta que explota contra la faz de alguien que nunca lo quiso. Nadie es feliz con quien lo desea a su lado. Una boca grita pidiendo un golpe, pero no lo recibirá. No necesita ni quiere invitación, excepto de vez en cuando unas galletas con leche en el lindero de tus ojos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)